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viernes, 29 de julio de 2016
sábado, 2 de julio de 2016
Las mujeres durante la independencia hispanoamericana
Leona Vicario (http://www.biografiasyvidas.com/biografia/v/vicario.htm)
Leona
Vicario Fernández de San Salvador; (ciudad de México, 1789 - 1842) era hija del
comerciante español Gaspar Martín Vicario, natural de Ampudia (Palencia) y de
la criolla Camila Fernández de San Salvador y Montiel, recibió los nombres de
María de la Soledad, Leona y Camila. Quedó huérfana y permaneció desde muy
pequeña bajo la custodia de su tío, el doctor en leyes y respetable abogado
Agustín Pomposo Fernández de San Salvador. Gracias a la posición familiar y a
los bienes heredados de sus padres, que quedaron bajo la cuidadosa
administración de Agustín Pomposo, Leona adquirió una esmerada educación;
cultivó las ciencias, las bellas artes, la pintura, el canto y la literatura.
En
el bufete de su tío y tutor trabajaba como pasante en leyes Andrés Quintana
Roo, recién llegado de Yucatán, de quien se enamoró y con quien colaboró, llena
de entusiasmo, en favor de la protesta criolla por los acontecimientos que se
sucedieron en Nueva España a partir de 1808. Entre otras actividades, desde
1810 actuó como mensajera de los insurgentes, dio cobijo a fugitivos, envió
dinero y medicinas y colaboró con los rebeldes, transmitiéndoles recursos,
noticias e información de cuantas novedades ocurrían en la corte virreinal.
Ferviente
proselitista de la causa insurgente, a finales de 1812 había convencido a unos
armeros vizcaínos para que se pasaran a su bando, trasladándose a Tlalpujahua
(localidad en la que estaba instalado el campamento de Ignacio López Rayón),
donde se dedicaron a fabricar unos fusiles "tan perfectos como los de la
Torre de Londres", según Carlos María Bustamante. Poco después, las
autoridades interceptaron a uno de sus correos, el cual la delató, por lo que
fue vigilada y seguida cada vez más de cerca.
Finalmente,
en marzo de 1813, la Real Junta de Seguridad y Buen Orden (creada al producirse
el levantamiento de Dolores) decidió intervenir y le instruyó un larguísimo
proceso en el que fueron apareciendo las piezas y documentos que la inculparon
gravemente, entre otros los relativos a sus intentos de huida para pasarse al
campo de los rebeldes. Para escándalo de su tutor, se la internó en el Colegio
de Belén de las Mochas; allí fue sometida a interrogatorio y se presentaron las
pruebas y diligencias judiciales que figuran en las Actas reproducidas por su
biógrafo Genaro García. Según este historiador, "su simple lectura
convence del valor y nobleza excepcionales de Leona, cuya actitud parece muy
superior a la de tantos insurgentes que se hallaron en parecidas
circunstancias".
Declarada
culpable, en lugar de enviarla a la cárcel de corte se la mantuvo presa en el
mismo Colegio de Belén, hasta que el 23 de abril de ese año la liberó un grupo
de caballeros bajo el mando de Andrés Quintana Roo, quien la mantuvo oculta por
unos días y forzó más tarde su salida de la capital, simulando ser arrieros que
conducían un atajo de burros cargados con cueros de pulque.
A
partir de entonces su vida coincidió con la del intelectual y político
yucateco, siempre al servicio de la insurgencia y del Congreso Insurgente. En
la ciudad de Oaxaca, recién liberada por José María Morelos, se encontró con el
resto de sus amigos, entre ellos Carlos María de Bustamante, quien escribió a
Morelos contándole las aventuras de la joven. Peregrinó de una población a otra
a lo largo de 1814 y gran parte de 1815, Leona siguió colaborando y trabajó en
la confección de los periódicos que se publicaban gracias al impulso de
Quintana Roo: El Ilustrador Americano y el Semanario Patriótico Americano.
Finalmente,
capturado y muerto José María Morelos y disuelto el Congreso por las propias
facciones insurgentes enfrentadas, Leona y su marido se escondieron en la zona
de Michoacán. Delatados en 1817, Leona fue capturada en una cueva, junto a
Achipixtla, cuando acababa de dar a luz su primera hija. En esta ocasión, la
petición de clemencia en favor de su esposa formulada por Quintana Roo, que
prometió entregarse, fue aceptada por el virrey. De este modo se acogieron a su
indulto y fueron confinados en la ciudad de Toluca, donde permanecieron en
completo retiro hasta 1820. En 1823 y como respuesta a la representación
elevada por ella misma se le concedió una liquidación en metálico y una
hacienda de labor, pulque y ganado además de tres casas en la ciudad de México.
En 1833 Quintana Roo fue nombrado Secretario de Justicia de un gobierno
liberal, y aunque renunció meses después por disentir de las decisiones que
tomaba el partido del general Santa Anna, desde 1835 y hasta el final de su
vida permaneció como Magistrado de la Suprema Corte de Justicia. Pocos años
después, el 21 de agosto de 1842, falleció Leona Vicario en la ciudad de
México, rodeada de su esposo y de sus dos hijas. Hasta el final de su vida
había seguido escribiendo y opinando, tanto en las páginas de El Federalista
como en las tertulias literarias y políticas que había sabido impulsar y a las
que asistió siempre lo más granado de la sociedad liberal.
Javiera Carrera (http://www.biografiasyvidas.com/biografia/c/carrera_javiera.htm)
(Santiago, 1781 - 1862) Heroína de la independencia de Chile. Hija mayor de
Ignacio de la Carrera Cuevas y de Francisca de Paula Verdugo Valdivieso, fue
activa partidaria de la independencia y ejerció gran influencia sobre sus tres
célebres hermanos, Luis, Juan José y José Miguel Carrera Verdugo.
Recibió
una esmerada educación y estuvo en su infancia rodeada por los hombres más
ilustres del país, que visitaban la casa de su padre. Contrajo matrimonio en
dos ocasiones, la primera con Miguel de la Lastra, el cual pereció ahogado en
el río Colorado en 1799, dejando a Javiera con dos hijos. En 1800 se casó por
segunda vez, en esta ocasión con Pedro Díaz de Valdés, asesor de la Capitanía
General de Chile.
Al
estallar la revolución independista en 1810, la familia Carrera, con Javiera a
la cabeza, tomó partido por los insurrectos. En 1812 la fama de Javiera como
ferviente defensora de la independencia era conocida por todo el país. Tuvo
desde este momento una gran influencia sobre las acciones de sus hermanos, así
como en el círculo social independista de la época.
Tras
la batalla de Rancagua de 1814, que puso fin a la llamada Patria Vieja chilena,
Javiera y sus hermanos tuvieron que exiliarse a Argentina. Allí, la familia
Carrera vivió durante años en la miseria, carentes por completo de recursos
económicos. Luis y Juan José Carrera fueron detenidos en 1817 y ejecutados el 8
de abril del año siguiente. Javiera estuvo al borde de la locura.
Poco
después, el gobierno bonaerense detuvo a la propia Javiera, que fue primero
desterrada a la Pampa y posteriormente internada en un convento. En 1819 logró
escapar de Buenos Aires, al tiempo que su último hermano vivo, José Miguel
Carrera, se unía al ejército sublevado del Alto Perú. En 1921 José Miguel
Carrera fue fusilado en el mismo lugar donde habían perdido la vida sus otros
hermanos. Javiera enfermó de nuevo y a punto estuvo de perecer.
Javiera
Carrera no pudo regresar a Chile hasta 1824, año en que se embarcó en
Montevideo rumbo a Valparaíso, donde fue recibida con simpatía por el pueblo.
Javiera se retiró entonces a sus posesiones de San Francisco del Monte, donde
permaneció durante cuarenta años completamente alejada de la vida pública. El
15 de julio de 1828, los restos mortales de sus tres hermanos fueron
trasladados desde Mendoza a Chile, donde fueron recibidos con gran pompa por el
gobierno del general Pinto, gran amigo de Javiera. Falleció a los 81 años de
edad, el 28 de agosto de 1862; fue reconocida entonces como uno de los pilares
del movimiento independentista chileno.
Juana Azurduy de Padilla (Chuquisaca, 1780 - Jujuy, 1860)
Heroína de la independencia del Alto Perú
(actual Bolivia). Descendiente de una familia mestiza, quedó huérfana en edad
muy temprana. Pasó los primeros años de su vida en un convento de monjas de su
provincia natal, Chuquisaca, la cual era entonces sede de la Real Audiencia de
Charcas.
En
1802 contrajo matrimonio con Manuel Ascencio Padilla, con quien tendría cinco
hijos. Tras el estallido de la revolución independentista de Chuquisaca el 25
de mayo de 1809, Juana y su marido se unieron a los ejércitos populares,
creados tras la destitución del virrey y al producirse el nombramiento de Juan
Antonio Álvarez como gobernador del territorio. El caso de Juana no fue una
excepción; muchas mujeres se incorporaban a la lucha en aquellos años.
Juana
colaboró activamente con su marido para organizar el escuadrón que sería
conocido como Los Leales, el cual debía unirse a las tropas enviadas desde
Buenos Aires para liberar el Alto Perú. Durante el primer año de lucha, Juana
se vio obligada a abandonar a sus hijos y entró en combate en numerosas
ocasiones, ya que la reacción realista desde Perú no se hizo esperar. La
Audiencia de Charcas quedó dividida en dos zonas, una controlada por la
guerrilla y otra por los ejércitos leales al rey de España.
En
1810 se incorporó al ejército libertador de Manuel Belgrano, que quedó muy
impresionado por el valor en combate de Juana; en reconocimiento a su labor,
Belgrano llegó a entregarle su propia espada. Juana y su esposo participaron en
la defensa de Tarabuco, La Laguna y Pomabamba.
Mención
especial merece la intervención de Juana Azurduy en la región de Villar, en el
verano de 1816. Su marido tuvo que partir hacia la zona del Chaco y dejó a
cargo de su esposa esa región estratégica, conocida también en la época como
Hacienda de Villar. Dicha zona fue objeto de los ataques realistas, pero Juana
organizó la defensa del territorio y, en una audaz incursión, arrebató ella
misma la bandera del regimiento al jefe de las fuerzas enemigas y dirigió la
ocupación del Cerro de la Plata. Por esta acción y con los informes favorables
de Belgrano, el gobierno de Buenos Aires, en agosto de 1816, decidió otorgar a
Juana Azurduy el rango de teniente coronel de las milicias, las cuales eran la
base del ejército independentista de la región.
Tras
hacerse cargo el general José de San Martín de los ejércitos que pretendían
liberar Perú, la estrategia de la guerra cambió. San Martín quería atacar Lima
a través del Pacífico, por lo que era necesario, para poder desarrollar su
estrategia, la liberación completa de Chile. Esta decisión dejó a la guerrilla
del Alto Perú en condiciones muy precarias; Juana y su marido vivieron momentos
extremadamente críticos, tanto que sus cuatro hijos mayores murieron de hambre.
Poco
tiempo después Juana, que esperaba a su quinto hijo, quedó viuda tras la muerte
de su marido en la batalla de Villar (14 de septiembre de 1816). El cuerpo de
su marido fue colgado por los realistas en el pueblo de la Laguna, y Juana se
halló en una situación desesperada: sola, embarazada y con los ejércitos
realistas controlando eficazmente el territorio. Tras dar a luz a una niña, se
unió a la guerrilla de Martín Miguel de Güemes, que operaba en el norte del
Alto Perú. A la muerte de este caudillo se disolvió la guerrilla del norte, y
Juana se vio obligada a malvivir en la región de Salta.
Tras
la proclamación de la independencia de Bolivia en 1825, Juana Azurduy intentó
en numerosas ocasiones que el gobierno de la nueva nación le devolviera sus
bienes para poder regresar a su ciudad natal, pero a pesar de su prestigio no
consiguió una respuesta favorable de los dirigentes políticos. Murió en la
provincia argentina de Jujuy a los ochenta años de edad, en la más completa
miseria: su funeral costó un peso y fue enterrada en una fosa común. Sólo
póstumamente se le reconocerían el valor y los servicios prestados al país.
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